Como las mejores recetas, es muy sencilla. Se mezclan todos los ingredientes excepto la harina, y cuando se tenga una mezcla homogénea se añade la harina hasta obtener una masa manejable.
Dejamos la masa en la nevera por lo menos media hora, para que la mantequilla coja cuerpo y resulte más fácil formar las galletas.
Ahora viene lo más laborioso, estirar la masa con el rodillo y cortar las galletas con un molde. El grosor de la galleta debe ser el mínimo que permita manipularlas sin que se rompan, más o menos medio centímetro. Si la masa se pega y se rompe, es buen truco ponerla entre dos láminas de papel de horno y estirarla y cortarla ahí. Esto evitará que de pegue.
Las galletas se van colocando en una bandeja de horno, y se hornean con calor arriba y abajo a 200 grados. Como todos los hornos son diferentes, en vez de marcar ningún tiempo os diré que se hornean hasta que el dorado empiece a cambiar a marrón claro.
Del horno salen blandas, pero en cuanto se enfrían se endurecen. Ahora viene lo más difícil de toda la receta: aguantar el olor a gloria bendita que hay en la cocina y esperar a que se enfríen y reposen un par de horas, porque, y esto es importante, sin reposo no se aprecian los aromas.
Notas
Pequeños matices: si se dejan menos doradas, la galleta sabe más a mantequilla y queda algo más blanda. Y si se deja más tostada tiene menos sabor a mantequilla y queda crujiente. Esto va por gustos.Para conservarlas (dudo que duren más de dos días), en la pastelería siempre usaban la típica lata de galletas (o en su defecto, papel de aluminio). En metal aguantan muy bien, pero en plástico se ponen blandas.